Torre de la Malmuerta: punto defensivo de Córdoba

A tan sólo 5 minutos de la Iglesia de Santa Marina, y delimitando el centro comercial de Córdoba, se eleva la Torre de la Malmuerta. Las obras de esta torre albarrana se iniciaron en 1404 por orden del rey Enrique III de Castilla. Erigida sobre los restos de otra edificación musulmana, aseguraba la defensa de las puertas del Rincón y del Colodro. Aún se conserva el arco de medio punto que la unía a la antigua muralla.

La Torre de la Malmuerta tuvo distintos usos cuando perdió su función defensiva. Fue cárcel para nobles, almacén de pólvora, y sirvió de observatorio astronómico en el siglo XVIII. En 1951 el alcalde Alfonso Cruz Conde dedicó el espacio a los cordobeses que participaron en el Descubrimiento de América. Por último, a finales del siglo XX, sirvió de sede de la Federación Cordobesa de Ajedrez.

Rincón de leyendas

En Córdoba, la Torre de la Malmuerta es sobre todo conocida por sus leyendas. Cuenta la voz popular que si un jinete consiguiera leer la inscripción bajo el arco mientras cabalgaba, la torre se desmoronaría, descubriéndose un gran tesoro.

Pero quizás, la leyenda más conocida y trágica que se conoce es la que da nombre al edificio. Un anciano noble se enamoró perdidamente de una bellísima joven a la que le pidió matrimonio. Para la sorpresa de todos, la dama aceptó, siendo éste el comienzo de su tortura. Cada día que pasaba, su belleza era alabada por todos los hombres que se cruzaba con ella. El anciano, receloso, acompañaba a su esposa en cada momento. Para evitarle más sufrimiento, ella redujo sus salidas sólo para acudir a misa.

Poco a poco, la atención que dedicaba a los más necesitados fue a menos. Por lo que decidió recibirles en casa a través de unas verjas para darles limosna o cualquier tipo de ayuda. Mientras tanto, la mente perversa y obsesiva de su marido le hizo sospechar lo peor. Fue en busca de una pócima para descubrir la verdad sobre su esposa. Pero los efectos nocivos del brebaje le provocaron horribles visiones. Veía a su esposa compartiendo lecho con otro hombre.

La desgracia cayó sobre la joven. Enloquecido y devorado por los celos, el anciano persiguió a su esposa y la mató con sus propias manos. Cuando se dio cuenta del crimen que había cometido, le invadieron los remordimientos. Fue juzgado y, en honor a la pobre dama, fue condenado a construir una torre que recordara la memoria de la “malmuerta”. Texto: Marta María Cobos García

  • Plaza de Colón – Ollerías