Santuario de la Fuensanta: aguas milagrosas de Córdoba

El Santuario de la Fuensanta encierra toda una serie de leyendas entre sus muros. Se sitúa en el humilde barrio que lleva su nombre, próximo a la Iglesia de Santa María Magdalena.

Cuenta la leyenda que por el año 1420, acompañada de los patronos de Córdoba, San Acisclo y Santa Victoria, se apareció la Virgen a un cardador. El pobre hombre iba por el campo, desesperado por los males que sufría su familia. La Santa Señora apaciguó sus penas pidiéndole que llevara a su mujer e hija agua de la fuente. A los pocos días recobraron la salud milagrosamente.

Años más tarde, un ermitaño, al borde de la muerte, se dirigió al pozo milagroso y bebió de sus aguas. Tras recuperarse, preguntó a Dios por el origen prodigioso de esta fuente. Un 8 de septiembre una voz le respondió que, junto al pozo, se escondía una imagen de la Virgen en el tronco de una higuera. Esta figura, de pequeñas dimensiones, había sido ocultada de los árabes por un cristiano. Cuando el obispo escuchó el relato del anciano, mandó cortar el árbol y descubrió asombrado la divina imagen.

Desde entonces, cada 8 de septiembre, festivo en Córdoba, se celebra el día de la Fuensanta. Todas las familias acuden al Santuario, para beber y purificarse con sus aguas bendecidas.

La leyenda del caimán

El Santuario de la Fuensanta también es conocido en Córdoba por su caimán. Un ejemplar de esta especie está expuesto en uno de los laterales del templo. Una de las leyendas más extendidas en torno al animal cuenta que un invierno, el río Guadalquivir había crecido por las intensas lluvias. La abundancia del agua trajo un caimán que rápidamente sembró el terror entre los ribereños y sus cercanas huertas. Cuando sentía hambre, el animal atacaba a sus desprevenidas víctimas y desaparecía en los cañaverales. El pánico invadió pronto toda la ciudad hasta que un hombre decidió acabar con el problema.

Tras observar su comportamiento, el paisano, que sufría de cojera, atrajo al animal con un trozo de pan y se subió a un árbol. Cuando la bestia se disponía a devorar el cebo, el hombre bajó y clavó la punta de su muleta en su garganta. El animal murió tras el golpe. Sus restos fueron disecados y llevados al Santurario de la Fuensanta como exvoto.

Junto al caimán, el visitante podrá contemplar también la costilla de una ballena. Se trata realmente de ofrendas originarias de América, que un indiano obsequió al Santuario de la Fuensanta. Pero la imaginación popular alimentó la leyenda que sigue muy presente en el corazón de los cordobeses. Texto: Marta María Cobos García

  • Plaza de la Fuensanta – Avenida Nuestra Señora de la Fuensanta