Córdoba es una ciudad llena de misterio y leyendas, en casi todos sus monumentos, así como en sus calles más antiguas esconden una historia que como bien decimos… se hace llamar leyenda. Porque lo que si es verdad, esque nunca sabremos si es una realidad. Hoy os queremos contar algunas leyendas de Córdoba de las más conocidas y otras que seguro que habrás escuchado mucho menos. Nos gusta haceros conocer nuestra ciudad, y esta es una de las mejores formas de hacerlo. ¡Adelante! Las leyendas de Córdoba te están esperando.

Leyenda de la calle Mancera. Barrio de la Magdalena.

Mancera es una calle sin salida, apodo de un operario del campo. Según una tablilla colocada en 1559, entre los milagros u ofrendas colgados en el pórtico del Santuario de Nuestra Señora de la Fuensanta, este trabajador se puso a arar sus tierras en el día de aquella imagen, acción criticada por un compañero, a quien contestó que nada tenía él que ver con eso para no cuidar de sus intereses; palabras castigadas providencialmente, pues se le quedó la mano pegada a la mancera (pieza corva y trasera del arado, sobre la cual lleva la mano el que ara), sin poderse deshacer de ella por más fuerza que hacia. Con esto conoció su falta y, corriendo al santuario, se arrodilló ante la Virgen, rogándole tuviese compasión de él, que no sabía lo que había dicho. Así logró verse libre de la mancera, que dejó allí en memoria del suceso, y con su mano señalada en la madera. Esto se cundió y la gente se fijaba en él, poniéndole el apodo de Mancera, que luego pasó a ser nombre de su calle.

Ley de las Holgazanas. Barrio de Santa Marina.

Vivía en el barrio de Santa Marina un hombre muy pobre, con mucho esfuerzo y ayuda de su mujer, lograron reunir dinero a lo largo de los años; dinero que, de morir él, pasaría a sus hijos. Viendo la injusticia de la situación, pues había sido su mujer y no los hijos quienes ayudaron a ganarlo, resolvió ir a la capital y pedir favor ante el rey. Aunque no era un hombre de leyes, supo explicar el caso tan bien al rey que éste, conmovido por el gesto de aquel hombre justo, decidió revocar la ley de las holgazanas, siendo así que a partir de entonces todas las mujeres cordobesas pudieron heredar de sus maridos.

El Cristo de la Misericordia. Barrio de Santa Marina.

Ramírez de Arellano, en Paseos por Córdoba, nos cuenta cómo cerca de la iglesia de Santa Marina (entre la calle Muro de la Misericordia y Moriscos) estuvo el hospital del Cristo de la Misericordia. Su titular era un Crucificado quien, según la leyenda, se llamó de la Misericordia por el milagro que realizó cuando, un hombre del barrio quedó ciego. Nada de lo que le dieron le devolvía la vista. Su desesperación iba en aumento hasta que un día entró, y puesto frente al Cristo, le dio un terrible golpe con su bastón y le gritó: “¿Para qué me sirves, si no puedes devolverme la vista?” En ese momento, sus ojos vieron la luz y la voz corrió por la ciudad, llamando al Cristo de la Misericordia por la que había mostrado ante quien tan mal le tratara.

El cura de la Magdalena. Barrio de la Magdalena.

En la antiguedad, había en la parroquia de la Magdalena un cura muy obeso y muy aficionado a recoger cuanto podía de sus feligreses. Una noche de lluvia  se retiraba a su iglesia, y a corta distancia del postigo de la sacristía, vio un hermoso burro blanco, solo y abandonado. Cuando vió el burro le parecio buena idea cabalgar sobre el para librarse del barro de la plaza y luego alojarlo en la iglesia. Emprendío su marcha tan tranquilo, cabalgando sobre él, con su linterna en la mano, a favor de cuya luz vio el interior de las monjas de Santa Inés. Entonces, asombrado, reparó encontrarse a aquella altura por haber crecido de pronto y en tanta longitud las piernas de su cabalgadura. Asustado y comprendiendo ser castigo del cielo por su desmedida ambición, y que el diablo sería el que se le presentó en forma de burro, invocó el nombre de Jesús, y aquel desapareció, cayendo el pobre cura de la elevación en que se hallaba, quedando ileso por el mucho barro; mas en él dejó su estampa tan marcada, que a la mañana siguiente los vecinos se paraban a ver lo que ellos decían “el retruco del Sr. Rector”. Este se mostró tan escarmentado que el resto de su vida lo empleó en hacer muchos y recomendables actos de misericordia.

El túnel entre Medina Azahara y la Mezquita.

Desde siempre en Córdoba se ha hablado de la existencia de un túnel subterráneo que comunica la ciudad palatina de Medina Azahara con la Mezquita Catedral. Dicho túnel, según marca la leyenda, aún no ha sido descubierto, y por él accedía el califa directamente a caballo a la Mezquita para sus rezos diarios. La existencia de este paso secreto es más que improbable, pero su difusión por el boca a boca ha hecho que muchos cordobeses lo cuenten como historia verídica a los visitantes de la ciudad.

¿Qué os han parecido estas leyendas de Córdoba? ¿Conocéis alguna más? ¡Nos encantaría leerlas! Déjanos tu comentario.